La ciudad de las delicias

Epigramas sobre la ciudad y el erotismo




Escribí La ciudad de las delicias entre los 17 y los 19 años. No sabría decir si descubrí Barcelona —que fue para mí un espacio de urbanidad, de libertad y de autodescubrimiento— a través de la epigramática clásica o si, más bien, descubrí la epigramática clásica a través de Barcelona. En su momento, lleno de ingenuidad, concebí la obra teniendo siempre en cuenta su accesibilidad y su atractivo.

Con el transcurso de los años leo estos poemas con la distancia de quien está inmerso en el desarrollo de formas y temas más complejos; sin embargo, creo que cumplió los —humildes— propósitos que determinaron su concepción: un estudio de las formas epigramáticas, la expresión de una gracia ingenua y la exposición fragmentaria de un espacio de urbanidad.

El poemario está dividido en tres partes, "Días de 2007", "Días de 2008" y "Días de 2009", que conforman unidades tonales más que una secuencia cronológica. Pongo a disposición del lector nueve de los poemas del libro, a través de los que, espero, pueda hacerse una idea de su propuesta y de sus límites.



Bienvenida de Sergio

El joven Sergio, venido de lejos, inquieto él,
de sonrisita traviesa y cuerpecito receptivo,
a punto estuvo de morir de aburrimiento
y de marcharse a otro lugar a pasar los días,
al encontrarse la Barcelona de los puertos,
de los cielos azules y de los negocios.
Menos mal descubrió un día
los callejones donde la luz
pasa como escondida y se pervierte,
y la pureza de la lluvia y de la tarde, ya cansada,
interrumpe el silencio de los muros,
de los besos, de las manos que tras ellos se desean.
Donde, en definitiva, ya sabéis, de tanto en tanto
sale el sol
sobre una ventana perdida
y sobre unos muchachitos sonrientes.




Sobre un muro, Balmes con Diputación

En esta misma esquina en una noche
por casualidad nos encontramos tres chavales:
Uri, Sergio y el que escribe, Alberto.
Alegres por la música y el vodka,
jóvenes, enérgicos, amantes,
sin decir palabra, no era para nada necesario,
-gritó la excitación de nuestros cuerpos-
en una cama perdida terminamos la noche
y nos amamos por el culo y por la boca.




Eritis ut dei

“¿Y qué si la vida sólo fuera
una sucesión de encuentros y desencuentros con la Belleza?
Una sonrisa sin causa ni consecuencia,
miradas liberadas de todo componente ético,
manos que sólo son manos y como manos buscan
músculos henchidos de sangre y erectos miembros
para un placer siempre insuficiente
bajo la sospecha de que, en algún lugar, todavía queda
algún semblante más hermoso, alguna palabra más perfecta.

¿Y qué si el universo sólo fuera un fenómeno estético?
Qué culpa tuvo entonces Eva de imaginar
que aquel seréis como dioses revelaba
un nuevo paraíso de placeres infinitos
y de haber vuelto a morder de la manzana
una y otra, y otra vez,
si con eso le hubieran prometido
que sus ojos serían tan hermosos que en ellos nacieran los días
y en sus labios fueran a morir
de placer los soles y los mundos.”



Ofrendas de un joven enamorado

No sabía a dónde ir desde que le habían dicho
que Dios no ayuda a los que como él aman.

Pero el chico era animoso como él solo
y se fue a donde la virgen de la Mercedes
y con toda esperanza se abrazó a ella.
Jura y perjura que le guiñó un ojo
y lo cierto es que la suerte lo acompaña:
aquello que imploró se le ha cumplido.

Ahora consagra a la virgen comprensiva
un lujo oriental, un poco de incienso
con aroma a verbena de verano y a sueños compartidos.
Al mar le ofrece uno de sus rizos
en gracias a su regalo y para mostrarle
que sólo tiene ojos para un cuerpo.
Y por último —que no se te pase— a Colón le ha dedicado
un pequeño objeto de su arte,
una breve réplica en madera
a la que, por supuesto, le ha cortado el brazo:
ya no se dirige a ningún sitio.

Así agradece Arón tener a Pablo.
Gloria a los que se aman y que les vaya bonito
y envejezcan con amor entre las sábanas.



Soleà

Abrl de pillas miradas
no alargues las tardes más,
que se comen las mañanas.




Lecciones griegas: Los exiliados de Samos

Cuentan que llegaron desde Samos,
huyendo todos ellos de Polícrates,
el más célebre y miserable de los tiranos,
a Lacedemonia para rogar socorro.
Consideraron primordial la elaboración
de un discurso elevado, conmovedor, hermoso.
¡Tanta y tan inmensa resulta su desdicha!
Los espartanos, en la asamblea, escucharon,
pero pronto se cansaron y, al terminar, al fin,
dijeron, con más desdén burlón que laconismo:

“El principio no lo hemos entendido,
el final no lo hemos escuchado”.

Cuando accedieron a una segunda recepción,
esta vez los exiliados se callaron y, para compensar,
llevaron sus bagajes escasos y sus ánforas vacías.
Los sabios espartanos, que eran gente de buen corazón,
siempre prestos a ayudar al que es pobre y al que es débil,
no necesitaron de las falsas palabras y las arengas:
La visión de la injusticia fue suficiente para que actuaran.




En recuerdo de Darío

Caminando de tanto en tanto llegamos al cementerio
a honrar el recuerdo de nuestro amigo Darío,
de todos los jóvenes de Barcelona el más hermoso él,
el más ideal.
Que venía del sur lo decían sus ojos
y la sal de sus modales y sus miembros,
pero era su elegancia la de un príncipe y su sensualidad extrema.
Pero esto tan sólo lo recordamos nosotros,
pues de él tan sólo permanece esta lápida,
erguida con austeridad cristina por sus padres, que dice:

“Aquí descansa nuestro hijo Darío, de 19 años,
lo juramos, Señor, de corazón puro,
que su juventud y nuestros lamentos
lo rediman de sus pecados”.


Es, sin embargo, aunque hermoso, un epitafio injusto.
Los que le vimos gozar sin miedos y apasionadamente
hubiéramos mencionado algo, alguna cosa,
en nuestro mejor castellano,
sobre sus ojos negros y la luz de las velas.




Epigrama en el puerto

Déjame recordar una vez más sus ojos verdes,
y que recuerde así también el verde del mar
en el verano sensual y tardío.




Junto al mar

Es un chico urbano, apenas gusta de bajar al mar.
Prefiere el ruidoso ajetreo y el desorden.
Hoy, sin embargo, no tiene ganas de nada;
ninguna luz lo emociona, ningún movimiento lo excita.
Piensa, lee algo, luego lo abandona y mira
el mar vacío de una bella primavera temprana.

Sus últimas semanas no han sido buenas,
su amigo Samuel de él se ha cansado
-¡cuánto lo admiraba, cuánto lo quería!-
y entre excusas y soberbias evita verlo;
el estudio del griego y el latín, además, se le atraganta.
Fuma, bebe, comparte su joven cuerpo,
para esto, sin excesiva emoción, espera a que anochezca.

Mas de repente llega un soplo y se emociona ¡mira!
un mercante anuncia su aparición desde el horizonte.
“ Quizá vea desembarcar a los jóvenes marineros
con sus pieles tostadas”-sonríe el ingenuo,
como si todavía hoy existiesen jóvenes marineros.