El viejo enamorado de las cosas que pasan

La última noche de un hombre que se da cuenta que no ha sabido, no ha podido o no ha querido vivir

Una promesa árabe (pasaje del cap. 3)

De repente, un cambio operó en el viejo y previsible Arteaga. El ‘de repente’, claro, es sólo a efectos de la conciencia: un hecho objetivo observable y narrable modificó la trayectoria de nuestro protagonista. Pero lo externo sólo afecta al ánimo predispuesto, al espíritu que de alguna manera ya tiene el cambio dentro de sí y sólo necesita de un correlato objetivo, de una manifestación fenoménica que lo confirme. Junto al portón del jardín botánico de la Facultad de letras, donde comienza el pasaje de Enrique Granados, un muchacho puntilleaba en su guitarra española una bella cancioncilla muy triste, muy monótona. A medida que avanzaba, el señor Arteaga iba precisando los rasgos del muchacho a la luz de una farola, velados por la arboleda. La melodía se le iba haciendo en su avance cada más clara, más precisa. Aunque el cantor no tenía una voz hermosa, le conmovió la sinceridad de su pena. No cantaba para nadie, sino como para dentro. No había forma posible, se dijo Arteaga, de que aquello se tratara de una interpretación: era sin duda una expresión de sí mismo. De media melena negra y rizada, piel morena y un brillo de verdor en los ojos, el muchacho manifestaba algo evocadoramente árabe. Impulsado entonces por esa onírica y vagamente meridional impresión, le salió al señor Arteaga todo aquello que tenía dentro y como reprimido por las hermosas y dignas ideas suyas de vejez y de límite.

Un ramalazo de sensualidad, procedente de no sesabequé parte del Mediterráneo o de su juventud, embriagó al sólido Arteaga. Y todo él se llenó de viejas imágenes, de antiguos ideales de belleza y sensibilidad, que tanto había perseguido de joven, que tan rara vez había cumplido y que nunca supo si le venían de dentro o leyó o escuchó en algún lado. Soñó de nuevo con animosas ciudades portuarias, muy de temprano, cuando todo comienza. Soñó con cuerpos jóvenes entregados al esfuerzo, bajo el sol de agosto, en el puerto y los almacenes; con el agotamiento interior y la íntima soledad del muchacho artesano, y con el cínico vitalismo del grupo de ladronzuelos, siempre en manada, como los leones. Soñó con la noble y principesca avenida o el blanco y amplio paseo con el dan la bienvenida las ciudades de mar. Soñó no con sus terrazas y ni siquiera con sus balcones, sino con la vaporosa calidez que le venía al susurrar sus nombres: Málaga, Tesalónica, Alejandría. Y soñó sobre todo con lo que ocultan o, mejor dicho, con lo que se guardan para sí porque no está hecho para todo el mundo, no desde luego para el turista satisfecho con su ordenada vida norteña ni para el próspero comerciante de Rotterdam o Hamburgo. Soñó, en fin, con el voluptuoso y melancólico sopor de las primeras horas de la tarde, cuando sube el calor y se buscan los rincones de sombra, suena a lo lejos una tonada marinera y se cuentan chismes e historias sin otra vocación que la de pasar el rato porque en los cuerpos jóvenes, bajo el vientre y entre los muslos, se acumula la energía y la promesa de una noche más fresca, de cuerpos y placeres, cuando ya nadie mire. Aquel chico moreno y su cancioncilla ligeramente árabe trasladaron al señor Arteaga a sus días universitarios, cuando, incapaz de seguir concentrándose, lleno de excitación, abandonaba el reposo de los libros y el ajetreo de la plaza frente a la universidad para perderse en el laberinto de la ciudad vieja, donde todavía quedaban artesanos y, si uno se adentraba hasta el centro y cada vez más cerca del mar, jóvenes perdidos en algún lugar de su adolescencia vivían como podían entre el trapicheo, el contrabando y la prostitución. Entusiasmado y como reviviendo un fulgor muy antiguo, el señor Arteaga, por primera vez en mucho tiempo, se dejó arrastrar al ideal sin imponer sobre el mismo el realismo, la distancia y la ironía que la experiencia de los años le habían otorgado a su carácter. Le vino una frescura y una tentación que creía enterrada. Su edificio de sólidas convicciones se le vino abajo entre la embriaguez marina, el frescor tempranamente primaveral y esa música que había activado un rincón del alma muy dentro de sí. Y en vez de resignarse a las normas de la vejez, le ilusionó la idea, que en circunstancias normales él mismo habría juzgado de delusoria y hasta ridícula, de una última aventura. De una última, impulsiva y juvenil aventura entre la refinada elegancia de la vejez.