Syntagma

Estudios sobre el movimiento




La relación que en poesía se establece entre la forma y el contenido es análoga a la que en un cuerpo existe entre la postura y el temperamento: cómo nos movemos manifiesta cómo somos, pero cambiar la postura a través del entrenamiento y el aprendizaje produce una modificación adaptativa, sistemática y relativamente durable de la conducta. Es estimulante encontrar una forma que soluciona un problema expresivo, pero también lo es el comprobar cómo un verso, estrofa o género —una nueva postura del cuerpo— proporciona una nueva manera de posicionarse en el mundo. Algo así, me parece, que es ir haciéndose hombre: encontrar la postura, la dirección, el movimiento…

Syntagma es el producto de años de reflexión y estudio sobre formas y géneros que se adecuaran a mis nuevas necesidades expresivas, tras el "estudio sobre el epigrama" que desarrollé en La ciudad de las delicias. Siendo, como me considero, un clásico no sólo de formación, sino también de espíritu, no puedo sino manifestar mi distanciamiento respecto a algunas corrientes poéticas contemporáneas, en las que el mensaje se elabora sin sujeción formal de ningún tipo. El estudio y la práctica de formas y géneros convencionales son para mí una necesidad poética de primer orden. Digan lo que digan los "anticlásicos", la forma, si se comprende y domina, no puede ser nunca un impedimento de la expresión individual, esto es, de la libertad-en-el-lenguaje, sino su mayor sustento.




El último de los clásicos

Admirables son las obras del tiempo de Pericles… como si llevaran
infuso un soplo de eterna juventud y un alma que no envejece.
(Plutarco)

(Atenas, siglo IV a.C)

“Los hombres ya no miran como antes —se lamenta
el anciano, venerable escultor —. Triunfa en el teatro Eurípides
con sus Fedras y Medeas, sus insignificantes amores
y esos héroes suyos que dudan, odian, tienen miedo
y todo lo manifiestan. Ni siquiera en la Historia, donde imperaba
el pueblo más unido y el ideal más noble, nada se puede ya
contra el arco mercenario, la ladina diplomacia
y las artimañas del comercio y la industria.

Aquí en la tierra donde la memoria y la poesía arraigaron,
donde nadie aspiró a imaginar lo que no cabe en un canto,
alegre pueblo sabedor de su límite, que nunca miró
más allá de la esfera de lo humano, ni demasiado alto
ni demasiado dentro, bulle ahora en el ágora
de gramáticos y legalistas, botánicos y astrólogos,
cada uno vendiendo su pequeña y exhaustiva
parcela de conocimiento del mundo”

El viejo escultor, orgullo, en su juventud, de la imperial Atenas,
mira, muy solo en su taller, hacia la plaza. Su pueblo,
que lo admiró, sus propios discípulos, a los que tuvo por hijos: todos
lo han ido abandonando. “Se dedican a plasmar centauros,
Laocontes y otros monstruos que nada
útil dan a los hombres que los contemplan. Representan
Afroditas con el rostro de una cortesana barata
o un Apolo afeminado, indolente dios adolescente
que en nada de los mortales se preocupa”.

Todavía le tratan, en su presencia, con respeto,
pero llega hasta él, con dolor, lo que a sus espaldas murmuran.
“El viejo maestro se ha quedado anticuado. Todavía, cómo negarlo,
es el mejor en la captación de volumen, en la perfecta
geometría del cuerpo y esa sutil insinuación de movimiento
que transmite a la piedra; sin embargo, qué perfectamente
académico resulta todo. Nada hay en ello que remita a la vida:
una pasión, una violencia, un erotismo. Solo una idea impuesta”

No le quedan ya fuerzas para seguir luchando. Para actuar
como el sabio Sófocles, siempre sereno, incluso en la violencia,
que es capaz de cambiarse para seguir gustando
a un nuevo público. Muy mayor, muy lejos ya de todo…
Sólo queda con él su obra más preciada, su querido κοῦρος. Lo mira y recuerda
el mármol todavía informe y la impresión de la salud
en la figura del muchacho, cincuenta años antes, vencedor en Olimpia.

Aquí corrige el joven escultor una imperfección de la naturaleza:
una asimetría en la línea del pecho o la hinchazón de un músculo
en exceso exigido en la carrera. Allí modera
la ufanía de su gesto. Le corrige,
no le reprocha: demasiado pronto le llega en la vida
la victoria al muchacho. Elimina
una leve insinuación de la pereza.

Aquel trabajo, finalmente, nunca pudo entregarlo. Se quedó
al lado de su autor, ajeno a los encargos y las urgencias
tristes. Pasan diez años. La piedra los elude. Hasta que, por sorpresa, un día,
aquel atleta extranjero, hombre ya, regresó a Atenas:
la tiranía de su padre había sido derrocada y el que fuera
casi un dios juvenil —la estatua lo conserva— se presentó entonces
sucio, pobre, sin patria. Abandonado y vencido.

Regresó el escultor a su obra inacabada.
Añadió las incursiones del tiempo: un poso
de experiencia del dolor en cada músculo: la tensión
de la pérdida; el rigor del desamparo. Un punto
de madurez, o comprensión, en cada línea. La ufanía
del momento culminante del triunfo quedó entonces
equilibrada en la asunción de la derrota. Con los meses
fue plasmada allí la tristeza de la distancia, toda
renuncia de los ojos: la juventud, la victoria, la patria.

Y después llegó el cambio: el ímpetu de la reconquista, el regreso
de una ilusión, el entusiasmo por un nuevo fin, la abundancia
de la amistad, cuando no se tiene otra cosa que dar
salvo un corazón agradecido. Impulso y parálisis quedaron
en la piedra integradas. Finalmente
la derrota última, la comprensión del final
y el bello propósito de mantener la idea por encima
de cualquier eventualidad, incluida la muerte.
Sólo con el gesto de su muerte el autor pudo
completar de sentido al fin el primer, serenísimo esplendor
de aquél joven ufano, recién florecido, recién coronado.

Y recordando estas cosas el escultor sonríe.
Ya lo tiene. Acerca su cincel y manifiesta
una ultimísima inspiración, una postrera
comprensión íntima sobre el arte y el fin de las cosas.
Otorga definitivamente una última pulsión: una arruga tranquila
entre la frente alta. La obra queda entonces, al fin, acabada,
como se completa una vida. Sereno en su final, se ríe
de la burla de su pueblo y del dolor ridículo
que le habían provocado: “Nada hay en él que remita a la vida”.
La última intuición del maestro se incrusta en la piedra:

Los hombres ya no miran como antes,
pero las obras de lo clásico
están hechas para los dioses del tiempo.